Caricias de mediodía

Hace unos días recibí una sugerente invitación. Se trataba de conocer de primera mano un masaje erótico. La propuesta llegó vía mail. Una empresa de Barcelona me invitaba a probar los servicios que ofrece su centro.
Automáticamente recordé aquella escena de la película Emmanuelle en la que Sylvia Krystel, junto a dos acompañantes, recibe un sensual masaje tailandés. Un cuerpo a cuerpo, una melodía de caricias en la que bellas mujeres orientales deslizan sus cuerpos desnudos encima de otros que los reciben con sumo placer, todo ello, bajo las inconfundibles notas de Francis Lai. Me imaginé como Sylvia Kristel, bajo la tenue luz de unas velas y con una mujer acariciándome. Acepté la invitación.
Reconozco que el día antes estaba con una importante tontería nerviosa. Me asaltaban tantas preguntas que, de inmediato, mi cerebro respondía automáticamente con escenas tórridas que aplacaban cualquier posible duda.
¿Cómo será el lugar?, ¿y sus masajes? ¿Cómo será la masajista?, ¿habrá límite?, ¿me excitaré?
Subí las escaleras tratando de no hacer mucho ruido. Una vez abrieron, fui sorprendida por una espaciosa sala de estar con una ventana que dejaba entrar una luz de mediodía preciosa.
Decorado con mucho gusto, tuve el placer de conocer las habitaciones una a una. Me llamó la atención la ausencia de ornamentación, esa sencillez que, junto a unas amplias ventanas, hizo que la primera impresión fuese cálida y agradable. Sigue leyendo

Frío

Tú siempre has sido una mujer dura y valiente, has sabido salir de todas y siempre has logrado aquello que te has propuesto y perseguido, no puedes caer ahora; algo mejor te está esperando ahí fuera. Eres joven, guapa, tersa, inteligente, sabia, roja, lila, azul, rosa, verde… maravillosa, y sabes que muchos, casi todos, te envidiamos porque blablablablablablablablá…

Abatimiento. Volante. Silencio ruidoso. Cristales de atrás empañados. Frío.
Mi mano temblorosa en el cambio de marchas. Pies helados y descalzos entre los pedales.
Una vez tuve un sueño. Sombras de gente moviéndose por la calle. Más vaho. Acarameladas voces hijas de puta que regresan. Escozor en los ojos. La frialdad de un sábado de noviembre cualquiera.

Profunda. Tristeza. Incolora.

La persistencia del dolor y la insistencia de mi cuerpo por resisitir una vez más. La cordura que me envolvía, convertida ya en una locura que ni siquiera trato de descifrar, la acepto.
Me duele la cabeza. Mucho.
Siento juegos rítmicos en las sienes. Lentos, profundos, sonoros, molestos.
Encojo los dedos de los pies para darme calor. Aparto, de una patada, un zapato que me molesta. Tacones de mujer fatal, cloc cloc cloc, desperdigados en un coche en la frialdad de una tarde de noviembre cualquiera. La primera tarde de sábado de noviembre. Fría, incolora, hueca.

Está anocheciendo y empiezan a iluminarse las ventanas de las viviendas. Pienso, una vez más, en qué estará sucediendo ahora mismo en cada una de ellas. Muevo los pies. Y siento rabia cuando veo luces cálidas salir de alguna ventana. Siento una envidia extraña. Quiero estar dentro  y ser la protagonista de una historia de tonos ocres y texturas suaves, en la inopia de la felicidad más absurda.
Toco el cristal de la ventanilla del coche. Está frío, como mis pies. Lo acaricio como si fuera la mejilla de un niño inocente y puro. Cierro los ojos. Tomo aire.

Carretera.

Melodías agridulces

Otra vez los violines. Melodía tan dulce como amarga, a veces abrumadora hasta el punto de la asfixia. Pero misteriosa; como ella.
Sola, confusa, desnuda y algo ebria. Frente a la ventana contemplando el brillo de la noche, entrecerrando los ojos y jugando a ver imágenes destellantes sobre un asfalto aún mojado de la lluvia.
Marta observa, de vez en cuando, cada uno de los pasos de los transeúntes que se afanan por llegar a sus cálidos hogares donde les aguarda su familia, o simplemente sus parejas con la cena en la mesa y el baño caliente preparado. Quizá vivan solos y, como todas las noches, sólo les espere su perro junto a la botella de bourbon. Tal vez ni siquiera les aguarde una mascota y sólo sea la botella la que lo haga. Como a ella.

La melodía persiste en su cabeza, cada vez con mayor intensidad. Siente una punzante presión en las sienes que le obliga a llevarse las manos encima y a masajearse la zona. Tiene las manos congeladas. Su piel se eriza por completo y siente frío, muchísimo frío. Se aleja del cristal dando un paso hacia atrás y alcanza la bata para cubrirse el cuerpo, ese cuerpo frágil y hoy algo escuálido.
Se acerca de nuevo a la ventana mientras se anuda la bata. Al mirar sus manos se percata de un nuevo moratón, esta vez bastante más visible que el último que apareció en sus manos. Desliza su otra mano por encima de él, y lo frota como si quisiera difuminarlo.
Los violines nerviosos se mezclan ahora con un piano triste y pausado, ofreciéndole una melodía algo descompasada. Como su vida.
Frunce el ceño porque sabe que no puede detener, de ningún modo, esa delirante canción. Piensa en lo sencillo que resultaría si pudiera poder pulsar un botón y que se detuviera, o que, si más no, menguara la intensidad y con ella el dolor.

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Mírame

Hoy sólo quiero que me mires. Únicamente vas a observar lo que hago, cómo me muevo y todo aquello que con mi mirada te demando. Esa mirada que te excita y que te hace perder la noción del tiempo. La misma que te desencaja la mandíbula y transforma tu rostro en algún animal ávido por devorar a su presa más accesible.

Quiero que me mires detenidamente, sin prisas. Ver el modo en que  trazas, con tus ojos perturbados,  líneas invisibles por todo mi cuerpo, sin el mínimo contacto físico. Que me acaricies con tu caída de ojos y me muerdas cuando sonríen maléficos. Que me masturbes con su brillo y me penetres cuando te escuecen.

Mientras te miro, me muestro y me exhibo. Estás sudado de todo el día y me gusta jugar a adivinar cuál será tu olor, aunque ya lo conozco. Tu rostro no puede esconder el cansancio que arrastras de anoche. Eres un cerdo y me gusta. Hemos estado toda la noche follando y aún eres capaz de mostrarte impasible ante la evidente fatiga que arrastramos los dos.

Me encantas.

Tu zorra incondicional

Amor perverso

Espero que una cuarta parte de lo que has dicho sea mínimamente cierto. Hoy me da absoluta pereza jugar a lo mismo de siempre. Sabes mentir muy bien, pero yo lo hago mejor haciéndote creer que te creo. Lo lamento, cielo, pero no sé hacerlo peor. Me gusta jugar.  Bueno, reconozco que a veces me aburre soberanamente que el juego siempre sea el mismo.

No obstante, te seguiré esperando, mi amor, dando vueltas alrededor de la copa con mis dedos deseosos por tocar tu cuerpo. Esos mismos dedos que, crispados de dolor,  han terminado con tantos y tantos recuerdos.

¿Sabes? Hoy estoy más serena que nunca. Los vértigos van menguado, los ojos se van deshinchando. Ni siquiera me apetece fumar. La música, la luz de las velas y el sonido de la lluvia me envuelven. No necesito nada más. Tarareo y tarareo.  Mis piernas se mueven rítmicamente.

Esperándote.

Ná ná ná… tra ná ná ná ná…

Tantra

El señor diseñador me citó a las siete de la tarde. Me presenté veinte minutos tarde, nerviosa y expectante. Tras llamar al timbre de abajo, una voz masculina respondió, y acto seguido se abrió la puerta.
Subí al tercer piso en uno de esos ascensores modernistas que tanto me gustan, de estructura consistente y sinuosidades de hierro. Al llegar al tercer piso una fragancia de mirra me atrajo hacia la única puerta que estaba entreabierta. Julio no había salido a recibirme, así que me permití el lujo de llamar un par de veces con una preciosidad de picaporte, también modernista. Julio salió enseguida para darme la bienvenida.

– Buenas, Abril, ¿no te gustan los timbres?, te has retrasado de la hora prevista.
– Sí, ruego que me disculpes, Julio, el aparcamiento en esta ciudad… ya sabes. Tienes un picaporte precioso.
– Bfff, ¡menos mal!, nadie se fija en el picaporte –pasó la mano por encima como si lo puliera-, eres de las pocas personas a las que le ha llamado la atención.
– Ya te conté mi interés por los pequeños detalles –dije con tímida sonrisa.
– Por favor –me indicó la entrada con el brazo-, puedes pasar; adelante.

Julio vestía un pantalón ancho de color negro con motivos orientales estampados en rojo. De torso se hallaba completamente desnudo, mostrando unos pectorales fruto de realizar algún deporte con frecuencia y dignos de ser observados. Tras mostrarme su piso me ofreció un té blanco y comenzó a hablarme de los beneficios del Tantra. Estuvimos charlando un buen rato y decidimos posponer la cena para después de la sesión de masaje, ya que, según él, no era conveniente hacerlo con el estómago lleno. Le comenté lo nerviosa que me sentía y hablamos de mis dificultades para relajarme; me dijo que ya lo sabía, que nada más verme en la fiesta del otro día ya lo había notado. Me habló de energías, de fuerzas vitales, de concentración y de la gran importancia de la respiración.

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