A escondidas… el día que aprendí a correr

Me cuesta. Me cuesta horrores seguir escribiendo todo esto, pero al mismo tiempo siento la necesidad imperiosa de hacerlo. Es como si todos los recuerdos me quemaran por dentro, pidiéndome a gritos que los vomite de algún modo u otro antes de empezar a arder entera.

Y hoy… hoy sólo me queda ese temblor en las manos y un montón de folios en blanco.

 

Fueron años muy duros. Crecer en aquel ambiente que no era el de una niña de dieciocho años fue difícil. No podía compartir con nadie lo que me estaba ocurriendo y todo aquello que me inquietaba. En el colegio no jugué con el resto de niñas y en el instituto no pude disfrutar de la libertad de la que todo el mundo hablaba. Fueron varias las ocasiones en las que traté de integrarme en grupos o pandillas de mi edad, pero siempre fue un auténtico fracaso; yo no quería estar allí.

Vivir a escondidas por amar a alguien era doloroso, resultaba agotador tener que hacerlo en silencio, y todo empezó a ir muy mal.

La situación familiar empeoraba y empeoraba. Mi madre, que nunca me había amenazado, lo hacía constantemente. Me decía que si no era capaz de terminar los estudios podía ir preparando la maleta porque no quería saber nada de mí. Llegué a odiarla con todas mis fuerzas. Mis compañeras de clase se mofaban por no querer compartir con ellas instantes de borracheras estudiantiles o historias con chicos. Además, me sentía culpable por aquello que ocurrió en su día con un chico con el único fin de provocar celos a Julián. Nunca se lo dije, pero el sentimiento de culpabilidad me perseguía día tras día, aumentando, con él,  mi mal humor.

Lo único que recuerdo con un poco de alegría fue el día en que Julián me comunicó su separación con Isabella. No sé por qué, pero en aquel instante sentí la sensación de que se abría ante mí un enorme ventanal.

Lo hizo por teléfono. Llamó a casa en un momento que él sabía que mis padres no estaban. El corazón me dio un brinco y empecé a llorar de alegría, quizás pensando que aquello era el final del suplicio.

-  Necesito verte hoy, amor mío – mi cuerpo entero temblaba mientras le decía aquellas palabras.

-  Hoy no va a poder ser, Sara, estoy arreglando unos documentos que tienen que estar listos para mañana.

-  ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor! Sólo un ratito, necesito que lo celebremos juntos. Sólo será un rato.

-  Está bien, pasaré a recogerte después de la comida. ¿Estará tu madre?

-  No, hoy la loca no volverá hasta la noche –contesté.

-  Sara, por favor, no hables así de tu madre –Julián siempre se malhumoraba cuando decía palabras despectivas de mis padres.

-  Está bien, lo siento. Estaré preparada después de la comida.

-  Hasta luego, pequeña.

Escuchar su voz siempre me tranquilizaba. Me hacía volver a recobrar la ilusión por todo, las ganas de seguir viviendo y de seguir luchando en aquel ambiente que tanto me desazonaba. Él era la única persona que me producía tantas sensaciones, y yo estaba segura de que no podía existir en el mundo nadie que pudiera sustituirle nunca.

Me arreglé y esperé en mi cuarto, contemplando el reloj que parecía ir más lento que nunca.

Cuando llamaron a la puerta no pude hacer más que bajar alocadamente las escaleras, abrir la puerta y lanzarme entre sus brazos con todas mis fuerzas.

-  ¡¡¡Juliaaaaaaaaaaaán!!!

-  ¡¿Qué haces! ¿Te has vuelto loca o qué? – me apartó de un empujón y acto seguido miró a nuestro alrededor.

-  Perdón, perdón, perdón… no he podido contenerme.

Subimos al coche y fuimos hacia su piso.

Al llegar, un montón de paquetes, bolsas y maletas llenaban casi todo el hall. Yo estaba excitada al contemplar aquello, porque significaba que la ruptura con su mujer ya era un hecho; era realidad.

Nos sentamos en el sofá de su salón y estuvimos hablando. Me contó cómo había sucedido todo, el modo en que se lo había dicho y la reacción de Isabella. Me dijo que no había sido muy duro para ella, o que al menos eso le había parecido, hacía tiempo que ya no tenían relaciones, y ella estaba al corriente de lo nuestro; de hecho, era la única persona que lo sabía.

Julián, mientras me hablaba, me acariciaba la mano con delicadeza y, de vez en cuando, se la llevaba a los labios y la besaba. Yo le escuchaba atentamente y sentía todo lo que me hacía.

En aquel instante me asaltó inesperadamente el sentimiento de culpabilidad por aquello que traté de hacer con aquel chico, y que nunca le  había contado a Julián. Sentí la necesidad de contárselo; de explicárselo todo, no fui capaz de enviar aquel pensamiento a otro lado, y saqué todas mis fuerzas para empezar a hacerlo.

-  ¿Pero vas a contármelo de una vez o no? – Julián, sonriendo, insistió una vez más.

-  Julián, no quiero que te enfades.

-  ¿Qué es esto tan grave? Te está cambiando el rostro, Sara. ¿Qué es esto tan horrible que has hecho y no me has contado?

-  No hice nada. En realidad no hice nada –yo estaba aterrorizada, temía su reacción.

-  ¿Entonces?

-   Me cité con un chico de clase.

-  ¿Y?

-  Me cité con un chico de clase. Los dos solos.

-  ¿Y eso es malo? – Julián se rió.

-  Quise acostarme con él, bueno, acostarme no, quise hacerle creer que me acostaría con él –sentí cómo mi rostro enrojeció.

-  ¿Le pusiste como una moto y después te marchaste?

-  Más o menos.

Julián empezó a acariciarme por el interior de los muslos.

-  Cuéntamelo –dijo.

-  Eeee… estooo, pues que… fuimos a su casa, nos encerramos en su habitación y …

-  ¿Y?

-  Traté de excitarle primero… después nos besamos…

-  Quiero que me lo cuentes todo, con pelos y señales, no quiero que te dejes ni un solo detalle. ¿Entendido?

 En el instante en que arranqué a hablar, Julián me separó las piernas y metió su mano en el interior de mis bragas. Yo hice varias pausas porque me costaba modular la voz en aquella situación, pero él insistió en que continuara explicándole y en que no me moviera. Continué.

-  Empecé a desnudarme. Él, al ver mis pechos desnudos, se lanzó encima de ellos y comenzó a lamerlos. Paseaba la lengua encima de ellos y se detenía, de vez en cuando, en los pezones, para succionarlos con una fuerza que me hacía un poco de daño.

-  Continúa – Julián empezó a masturbarme mientras me miraba a los ojos.

-  Me tumbé completamente en la cama y lo traje encima de mí para que pudiera palparme mejor. Sentía la firmeza de su sexo en mis piernas mientras él continuaba devorando mis pechos.

-  ¿Estabas excitada?

-  ¡No!

-  ¿Lo estás ahora?

-  Sí.

-  Sigue.

-  Le dije que se quitara los pantalones, y empezó a desabrochárselos mientras yo me acariciaba. Cuando bajó sus calzoncillos, vi su pene, estaba muy duro. Me levanté un poco, escondí una mano entre sus piernas y la coloqué bajo sus testículos, sosteniéndolos, y con la otra acompañé su polla hacia mis labios.

-  Desnúdate, Sara.

Julián estaba excitado tras escuchar mis palabras. Sentía su sexo palpitar, y sus ojos, aquellos maravillosos ojos, me indicaban que se moría por hacerme el amor; por follarme.

Le hice caso y empecé a quitarme la ropa.

-  Poco a poco –dijo él-, no corras tanto.

Desabroché con lentitud hasta el último botón de la blusa, después dejé uno de mis hombros desnudos y empecé a bajar la cremallera de la falda. Trataba de hacerlo pausadamente como él me había pedido, y no dejaba de mirarle fijamente.

-  ¿Se la chupaste?

-  Sí –contesté.

-  ¿Le gustó?

-  No sé… supongo.

-  No pares, sigue desnudándote.

Julián se quitó la camisa y dejó su torso desnudo. Me encantaba contemplar su pecho, peludo y canoso; fuerte y solo mío. Vino hacia mí y terminó de desnudarme.

Después me tumbó en el sofá y se acercó, de modo que, su sexo, quedó a la altura de mi rostro. Lo sentía duro y firme como siempre, con ganas locas de salir y desplegarse ante mis ojos para que lo venerara como nadie lo hacía. Hice ademán de desabrocharle los pantalones, pero me apartó y me acompañó las manos debajo de mi cabeza.

Se agachó y comenzó a besarme desde el inicio del antebrazo hasta el hueco de la axila, uno de sus favoritos. Se detuvo en ella para acariciarla con su barbilla, pero lo hacía tan suave que me producía cosquillas, y mi cuerpo empezaba a retorcerse en una deliciosa mezcla de cosquilleo y placer. Con la punta de la nariz me daba ligeros golpecitos y olisqueaba con fuerza para, a continuación, dejar caer su lengua y lamerme.

Cerré los ojos y dejé llevarme por aquel instante mágico. Besó todo mi cuerpo de arriba abajo como nunca antes lo había hecho. Aquel día no me dejó tomar la iniciativa y tuve que obedecerle con las manos inmovilizadas y el cuerpo inmóvil. Yo trataba de controlar mis movimientos porque, sino, era él el que lo hacía, reconduciéndome para que permaneciera quieta.

En el instante que comencé a sentirle dentro, abrí los ojos.

-  Julián –dije.

-  Dime.

-  ¿No te has molestado por lo que te he contado?

-  ¿Tú crees que me ha molestado?

No supe que contestar. En aquel instante me quedé sin respuesta. Me sentí idiota. Le abracé todo o fuerte que pude.

Comenzó a penetrarme muy suave, moviéndose con mucho cuidado, como si fuera la primera vez; como si tuviera miedo a romper aquello tan frágil que había caído en sus manos.

-  ¿No te interesa saber si hicimos algo más? –dije con algo de miedo.

Julián salió de dentro de mí, se levantó y se fue del salón.

De mi voz quisieron salir unas palabras ahogadas, pero no llegaron a salir. Tragué saliva. Me incorporé. Me abracé fuerte y escondí la cabeza entre mis brazos.

Tiene razón Julián, pensé, no era más que una niña; una niña que no sabía nada de la vida ni del mundo. Una mujer de verdad jamás hubiera reaccionado como yo lo hice aquel día. Julián se excitó cuando escuchó lo que le conté, no se enfadó conmigo, incluso sonreía con su sonrisa adulta y madura demostrándome que lo nuestro iba más allá de una tontería con un compañero de clase. Julián, aquel día, me había besado deliberadamente, como nunca antes lo había hecho, me trató como a una princesa. Y mi respuesta fue, una vez más, la de una niña inmadura, como tantas veces él me había dicho.

Me vestí rápidamente y me fui de su piso.

 

Al salir a la calle la tarde empezaba a caer sobre mí con sus tonos rojizos y anaranjados, y un aire que amenazaba con una precoz primavera que no me producía ninguna ilusión, sino que me angustiaba;  parecía querer aplastarme en medio de mi desesperación.

Jamás olvidaré aquella tarde. Ni aquel perfume primaveral que, por primera vez en la vida, me dolía más que cuchillos desgarrándome en el vientre.

Fue aquella tarde cuando tomé la decisión de comunicar a todo el mundo que amaba a Julián.

Arranqué a correr.

 

Texto: abril

Fotografía: I. Anton

~ por abril en 24 febrero 2012.

7 comentarios to “A escondidas… el día que aprendí a correr”

  1. Yo creo que deberíamos aprender a correr antes que andar, o al menos ir entrenando en esa complicada maratón llamada vida.
    Saludos.

  2. Linda y Triste a la vez, conservas el rico contenido de tus sueños abril, mas es una historia real en la q yo me identifico y me trae recuerdos…. Abzos.-

  3. Hacía tiempo que esperaba la continuación de esta deliciosa historia y como siempre ha sido sublime.

  4. Esta serie de relatos (…o de fragmentos de una historia larga como la vida…) siempre me ha intrigado… ¿Qué fue de la chica? ¿Qué lecciones le ha enseñado la vida?…
    Después… ¿Fue de otros cómo fue de él?…

    En fin, demasiadas preguntas, todo es cuestión de sentarse y esperar a que las respuestas lleguen por sí mismas :)

    Besos Abril.

    P.D.: Espero que desde entonces nunca haya dejado de correr.

    • Dani, hay veces que no sé qué sería lo mejor, la verdad… lo que sí sé seguro es que esa señora que nos ha tocado vivir es, a veces, muy hija de puta. Un beso.

      Leoni, corazón, no sabes cuánto me alegra seguir escuchando tus pasos por aquí. Gracias por tus caricias.

      Naranjita, mi niña favorita, tanto como sublime no sé yo, eh? Pero si eso sirve para verte -aunque sólo sea un poquito- ya me vale. Te quiero, tonta.

      Imagino, Exiliado, que algún día terminaré esta serie. Me cuesta horrores porque le tengo especial cariño, pero terminará. Procrastinadora que es una, ya sabes… Un besote.

  5. me encanta es un relato muy inocente pero con un punto de vista muy maduro.
    Saludos Abril.

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