Conversación con Marcos
- Por la calle paralela encontraremos muchas cafeterías.
- Lo que tú digas, Abril, conoces mejor la zona que yo, pero, por dios, no me hagas andar mucho que estoy molido.
- Oye, corazón, te recuerdo que la que lleva unos tacones de infarto soy yo.
- No sé cómo puedes andar con esto, bueno, sí lo sé, tratándose de ti…
- Por esa calle mejor –cambié la dirección del paso- acortaremos un poco.
- Sigues exactamente igual que antaño, niña, ¿te cuidas mucho o qué?
- Si entiendes por “cuidarse” ir al gimnasio, hacer dieta y dormir ocho horas diarias: no.
- Muchas te envidian. ¿Lo sabes, no?
- Las mujeres son muy perras, siempre ha existido la envidia femenina, los famosos repasos fulminantes de arriba abajo, el “qué mala cara tienes hoy” cuando te has pasado la noche anterior follando como una loca, y estás radiante y sin gota de maquillaje.
- ¿Y por qué hablas en tercera persona del plural, si se puede saber?
- Porque si lo hiciera en primera del singular no sería cierto. Sabes que me gusta ver mujeres bellas, observarlas desde cualquier ángulo. Joder, Marcos, es genial andar detrás de una morenaza llena de curvas y ver cómo éstas se mueven de un lado a otro; o el duro esfuerzo, en medio de una conversación para tratar de mirar a los ojos a la Barbie rimbombante de talla cien. Debes saber de qué te estoy hablando.
- Sí, sé de qué me hablas, te comprendo. Pero, ¿ni siquiera envidia sana?
- La envidia sana no existe. No es más que un invento estúpido para distorsionar un poco el duro significado del pecado capital, lo cual hasta me parece más perverso, pero no existe.
- Joder, tía, ¿nunca has deseado, aunque sea por un instante, tener la cien de la rubia?
- En alguna ocasión, sí.
- ¿Entonces?
- Esto tiene otro nombre, corazón. Creo que te estás haciendo un lío.
- ¿Falta mucho para llegar?
- ¿Te parece bien esta cafetería? –me detuve señalándola.
- Sí, sí, sí… genial.
- ¿Interior o exterior?
- La terraza es preciosa, pero aquí fuera hace un calor de muerte.
- Venga, vamos dentro.
Entramos a la cafetería como dos reptiles buscando el recoveco más frío.
- ¿Le parece bien este rinconcito a la madame?
- Me parecería magnífico si no fuera por el enorme espejo que tenemos delante – Marcos era un antiguo amante con el que había hecho auténticas locuras, un vicioso de cuidado.
- ¿Me lo dices tú?, ¿la que me ha traído hasta aquí?
- Oye, preciosidad, te recuerdo que estabas deseando entrar en cualquier lugar porque ya no podías con tus piernas, y éste es el primero que nos hemos encontrado.
- ¿Perdonen, señores, ¿van a quedarse aquí? –se acercó un trajeado camarero con pajarita sosteniendo una lustrosa bandeja redonda.
- Sí, sí, disculpe, nos quedaremos aquí –contesté mientras hice ademán de sentarme.
- ¿Ya saben lo que van a tomar?
- Ehmmmm…. –Marcos empezó a mirar a su alrededor buscando alguna idea.
- No, aún no. ¿Puede regresar en unos minutos? –dije con autoridad.
- ¡Por supuesto!, ¡cómo no! Tengan la carta, para que vayan viendo lo que tenemos. Los cócteles sin alcohol están al final –esto último, lo dijo dirigiéndose a mí.
- Qué tiesos van aquí, ¿no? A qué lugares me traes, Abril…
- Venga, mira lo que vas a pedir.
- ¿Tú ya lo sabes?
- Sí, quiero un café solo.
- Lo mismo que tú –Marcos cogió las dos cartas de la mesa y las sostuvo entre las manos como si estuviera ordenando folios.
- Bien, ¿y qué te cuentas? –coloqué los codos encima de la mesa con las manos bajo la barbilla.
- Pues nada, Abril, todo igual que antes. Soltero, trabajando cada día más, y conociendo mucha gente. Salgo demasiado.
- Estás más delgado, has perdido aquella barriga tan… tan… ¿tuya?
- Gracias, bruja, tú siempre tan agradable…
- Estás muy guapo. De verdad –le sonreí cómplice.
- Tú sí que sigues guapa, cuanto más pasan los años mejor estás. Ya verás: mírate –Marcos señaló el espejo que teníamos delante.- ¿Qué te parece?, ¿te gustas, verdad?
- Precisamente hoy he salido de casa sin peinarme –me miré recolocando unos mechones de pelo que se habían soltado del moño.
- ¡Venga ya! Que hemos follado juntos decenas de veces y salías a la calle sin cepillarte el pelo –se rió.
- Eso no es cierto.
- Sabes que sí. Y qué bonita estabas. Cómo te deseaba. Y cómo te continúo deseando.
- Marcos frena.
- ¿Me estás pidiendo que reprima mis deseos?
- No; todo deseo estancado es un veneno.
- André Maurois.
- Sí, es de Maurois.
- Es una frase que sólo te oído reproducirla a ti.
- Señores, aquí tienen sus cafés –el camarero colocó delicadamente las dos tacitas encima la mesa.
- Gracias –dijimos los dos al mismo tiempo.
- Abril, quiero proponerte algo, algo que sé que te va a enloquecer. A lo mejor éste no es el lugar idóneo, pero los dos somos unos maestros en el arte del disimulo, y quiero decírtelo ahora.
- Marcos, conozco esa cara, reconozco el brillo de los ojos que tienes ahora mismo, y… y hasta estoy convencida de que estás…
- Excitado –me interrumpió-, sí, lo estoy sólo de pensarlo. Y sé que a medida que avanzan mis palabras, tu corazón late más fuerte. Porque tú y yo hemos vivido muchas historias juntos, y si te estoy diciendo que te voy a proponer una que te va a enloquecer, imagino cómo debes estar ahora mismo.
Enmudecí. Me aclaré la garganta. Cogí la tacita de café, y tomé un sorbo mientras me miraba de nuevo en el gran espejo que cubría la pared de enfrente.
Continuará…



















Tiene muy buena pinta. Ya tengo ganas de leer la continuación.