El delicioso coño de Suzanne
- Estoy agotada, acalorada…este calor es insufrible.
Suzanne estaba tirada en el sofá, abanicándose vehemente con un abanico horterísimo de color naranja. Sudaba. Desde la mesa podía ver cómo descendían de su cuello pequeñas gotas de sudor que más tarde se esconderían bajo su escote.
Sólo llevaba un minúsculo vestido de niña, estampado de flores pequeñas de tonalidades amarillas, que resaltaban un oscuro bronceado de monte.
Me gustaba mirarla. En realidad siempre me ha interesado observar a Suzanne, pero en aquella tórrida sobremesa empezó a gustarme especialmente.
Le ofrecí café, pero no quiso. Me serví uno solo para mí y fui a la nevera para coger un par de cubitos de hielo. Lo eché caliente en el vaso con hielo y me quedé observando el contraste del calor encima del frío.
- Qué ruido, ¿no? –Suzanne se sorprendió al escuchar el sonido del hielo crujir.
- ¿Nunca has oído este sonido? –me acerqué el vaso para beber.
- No, es la primera vez que lo oigo.
Me chocó que fuera la primera vez que escuchaba el sonido del hielo crujir, pero tampoco demasiado tratándose de ella.
Permanecimos en silencio el tiempo que tardé en tomarme el café. Ella continuaba abanicándose mientras veía uno de esos vulgares programas de televisión.
Encendí un cigarro y continué observándola. Hacía un calor de muerte aquel día en el piso y no disponíamos de nada más que un pequeño ventilador que lo único que hacía era remover más el aire caliente.
Suzanne iba cambiando de posturas en el sofá, ofreciéndome un espectáculo de su cuerpo en todos los ángulos.
Hubo un instante en que se ubicó de tal forma, que quedó completamente abierta de piernas delante de mí. Me dí cuenta de que no llevaba nada bajo el vestido porque pude ver su coño en todo su esplendor: pequeño, liso y brillante.
Aparté la mirada al instante para que no me viera mirando, y regresé a la nevera a por más hielo.
Suzanne cambiaba ahora de canal apasionadamente.
- ¿Puedes bajar un poco el volumen? –le pedí.
Cuando regresé continuaba en la misma posición, ya había abandonado el mando, pero seguía aireándose con el abanico.
De vez en cuando, se levantaba un poco el vestido mostrando más sus muslos. Pensé seriamente si estaba algo colocada por el calor y no se percataba de sus actos.
- Me muero de calor. Me molesta todo, me arrancaría la piel – Suzanne movía su cuerpo como una pequeña culebra, arrastrándolo por el sofá-. Me apetece masturbarme.
- ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¿con este calor?, ¿quieres que me vaya a mi cuarto? –no pude evitar reírme.
- No me importa que estés delante, tenemos lo mismo, ¿no? –empezó a subir las manos por el interior de sus muslos. Me entró un sofocón espantoso.
- Bueno, nunca ha habido esta confianza entre tú y yo, me sorprendes… pero adelante, no te cortes –tanteé el terreno antes de abalanzarme sobre su sexo.
Suzanne abrió las piernas al máximo y se bajó el vestido hasta la cintura, dejando sus pechos al aire.
- Ven; agítame las tetas –empezó a acariciar sus pezones con el abanico cerrado.
- Mastúrbate antes. Quiero ver cómo lo haces. Enséñame bien el coño –no me moví de la silla, sólo metí la mano en mi entrepierna.
Con las dos manos abrió su vulva, al mismo tiempo que trataba de descubrir en qué lugar se escondían mis dedos.
Suzanne tenía un coño precioso, el mejor de todos los que, hasta entonces, había visto. Aparentemente suave y sedoso, sin vello, más blanco que el resto del cuerpo, y con los labios escondidos formando, de modo muy natural, ese precioso pliegue.
Estaba abierta para mí, encima del sofá, goteando sudor y hambrienta de sexo.
No tardé ni dos minutos en caer arrodillada frente a aquella delicia, sólo deseaba meterme dentro de su ardiente cueva.
Me detuve para observarlo de cerca y, seguidamente, con los dedos, inicié un suave movimiento circular para encontrar su clítoris. Estaba húmeda y resplandeciente. Navegaba, aventurada, entre sus labios, abriéndolos cada vez más hasta que apareció; gordo y palpitante, entonces acerqué la boca, e inicié un baile de lengua a su alrededor.
Ahogados gemidos empezaron a brotar de sus labios de Suzanne.
La mezcla ácida de flujo y sudor me impregnó la boca en pocos instantes, una combinación peculiar que sólo había catado con mi propio sexo, era de un sabor inquietantemente parecido al mío.
Lamí su coño hasta dejarla pringada de saliva, y acto seguido comencé a utilizar mi sagaz movimiento de dedos, centrándome en los puntos que, según el contoneo de su cuerpo, ella me pedía.
Introduje un dedo, después otro, más tarde dos… hasta que llegué a sentir el delicioso confort de sus paredes en mi mano entera.
Suzanne empezó a doblar su cuerpo como una perfecta contorsionista, en el instante que acaricié su ano con el ápice de la lengua.
-No te muevas. Túmbate completamente –le pedí.
Se deshizo del vestido lanzándolo al aire, y se tendió a lo largo del sofá. También me desnudé y comencé a besarla, desde los párpados hasta su bajo vientre, concediéndole el placer de un exquisito viaje recorriendo su plexo solar.
Cuando llegué a la línea que limitaba el ombligo de su pubis, me detuve e introduje dos dedos dentro su coño. La masturbé observándola antes de volver a degustarla una vez más.
Tuvo un orgasmo, que pude apreciar por la cantidad de flujo que impregnó mis dedos, Suzanne mordía el brazo del sofá conteniendo sus aullidos. Su cara de gata excitada me puso como una moto.
Bajé hasta esconderme nuevamente entre sus muslos, suaves y temblorosos, e inicié un suave paseo de lengua por su estrecho camino perineal hasta aterrizar en su apretado agujero mojado. Metí un dedo en su ano, y me hundí, otra vez en su maravilloso coño. Me gustaba recién corrida, estaba aún más deliciosa.
Me nutrí de su sexo hasta que un delicioso clímax terminó con mi persona. Suzanne disfrutó de numerosos orgasmos que la dejaron extenuada.
Nos dormimos, la una al lado de la otra, con un dulce sabor en los labios.



















Muy bueno.
Gracias, Anónimo.
Saludos.